Y no, no he tenido nunca ganas de desaparecer, de esfumarme para siempre. Ni mucho menos. Al menos no conscientemente. Quizá a través de otras cosas, de otras imágenes, de otras (in)acciones.
Aunque sí es cierto que he querido desaparecer y que pasara el tiempo, que pasara lo negro, que se fuera ese hombre que había venido a sentarse a mi lado, o en el salón de casa, donde me lo encontraba cada vez que venía de la calle… o quien incluso un día parecía haberse animado a acompañarme en mis rutinas, en mis paseos, en las mil tareas que cada día parecían ser más, y aún más pesadas… hasta que -viéndolo por todas partes- decidí quedarme a acompañarle en el salón siempre que pudiese… Cansada como estaba de verlo por todas partes, cansada como estaba por la tarea de buscar por los rincones las ganas de moverme, de avanzar o de seguir perdiéndome, las ganas de bailar sin canción de fondo, las ganas de seguir escribiendo sin argumento preciso ni historia concreta, ni final esbozado…
Era tan terrible volver a encontrarlo caminando como una sombra, medio metro detrás de una, incluso un día gris gris, húmedo, sin sol, sin más sombra que él (y esa impresión de que no hay nadie más en toda la calle, en toda la ciudad que sufra la compañía de ese hombre-sombra tan y tan pesado…)
Es tan terrible levantar la mirada del libro que (al fin, sí, ¡eso sí!) te atrapa y te agarra por dentro durante un ratito al día, durante las 24 horas del día menos indicado (para el resto, por el contexto, por las “obligaciones” que quedan por resolver) … es tan terrible levantar la mirada, libro en mano, sentada en el metro, y verlo allí, tras la gente amontonada -tan gris, tan temprano, tan juntos sin rozarse. Es tan terrible que entre los pocos huecos que deja el metro entre la gente que se despierta sin rozarse pero tan cerca; una mire, y… un tipo que lee un libro, como tú que acabas de distraerte y te llama la atención, y mientras tratas de descifrar el título escrito en la tapa… el tipo levanta la vista y te recorre el escalofrío, el mismo escalofrío que cada vez que lo ves, como si fuera de nuevo la primera vez que lo sentiste.
- “Mierda, está ahí otra vez, ¿cuándo piensa irse?”
Y poco a poco te das cuenta de que el escalofrío es más intenso, más largo, más desagradable cuanto más lejos de casa te encuentras y cuanto mayor era la sonrisa justo en el instante previo al escalofrío.
Quizá porque de pronto comprendes tu estrategia: tratar de ir más y más lejos cada vez, tratar de correr un poco, otro poco, cada vez más rápido, a ver si el tipo se cansa y se queda atrás, a ver si se despista en alguno de los giros imprevistos (incluso para ti misma) hacia izquierda o derecha, escaleras arriba o rampa abajo, siempre sin rumbo fijo.
Y la sonrisa. Para que al menos si te persigue de forma tan eficiente como siempre y no te pierde (o puede que lo haga, pero sólo durante el tiempo que duran dos calles cuesta arriba), que al menos se le contagie una sonrisa, o que incluso se le escape una carcajada, y entonces tú puedas reírte a su lado y que su carcajada se haga más fuerte y acabéis por reír juntos durante media hora y la gente que pase os mire y hasta se rían…
Pero no.
Siempre está ahí y siempre está serio. O ni siquiera. Lo desborda una expresión asquerosamente gris, insoportablemente neutra que le congela a una la sonrisa, la vuelve amarga…
Supongo que es así como una decide, poco a poco, inconscientemente, de hecho una no decide en absoluto, sino que se encuentra acompañándolo cada vez con más frecuencia, cada vez durante más tiempo, en el salón de casa.
Sin saberlo, una ha decidido que no quiere escalofríos más profundos. Una se rinde a los escalofríos de sofá, cercanos y que no congelan ninguna sonrisa porque apenas quedan sonrisas que congelar.
Y es quizá en alguna de esas escenas de salón en la que una imagina que sería hasta lindo desaparecer, pasar 50 páginas en un solo gesto -tan sencillo, ¡tanto!- y aterrizar días después, meses después, o años si hace falta -eso es lo de menos-, pero aterrizar en un lugar y en un momento en que el tipo que vino a hacer una visita y se instaló en el salón -primero- y en mi vida -tan rápido- ya no esté.
[el tipo de visita lo descubrí en Retrato de un hombre inmaduro, de Luis Landero, aunque digamos que alguna vez se presentó en mi casa, creo]