Tardó toda la mañana en empezar a comprender.
No era como el resto de los días, que notaba cómo se iba despertando, desde el momento en que abría los ojos, apagaba la alarma del móvil, lo encendía para regalarse 10 minutos más de sueño (con frecuencia, los sueños más extraños la acompañaban justo en ese rato, sobre todo si los 10 minutos se alargaban un poco).
Luego volvía a abrir los ojos y empezaba a moverse, a la cocina, al baño, de vuelta a la habitación, siempre en una secuencia que trataba de ser eficiente (el café mientras de vuelta al baño a lavarse la cara, echar el café hirviendo en la taza y dejar que se enfríe en poco mientras vuelve a la habitación a por la mochila y lo necesario para el día…). Una secuencia que trataba de volver a ganar los 10 minutos que ya sumaba de retraso por el sueño de regalo.
Pero que al final, cada día, no dejaba de ser una secuencia caótica, que hacía aún dormida y en la que siempre pensaba que le fallaba la novedad del baño separado … No se acostumbraba y lo sabía… y era la excusa perfecta que le permitía seguir durmiendo 10 minutos más cada día, a la espera de que un día cualquiera hubiese integrado el pequeño inconveniente a su rutina dormida.
Café y algo parecido a una tostada.
Ascensor.
Bueno, no, seguro que aún queda algo que debería llevar y olvidaba… vuelta a la habitación, y, ya sí, ascensor.
Y esperarlo pensando que mañana estaría bien darle al botón del ascensor antes de volver a por las cosas olvidadas.
O incluso mientras el café. ¿Y si lo llaman desde abajo? Vuelta a empezar.
Antes o después, el ascensor termina por llegar y se ve al fin en un espejo, y la imagen de chica dormida trae con ella el efecto del café y la despierta el primer poquito desde que abrió los ojos. Luego, el frío, el paseo al metro ,el cambio de vagón, de nuevo el frío y la espera del bus… la silla, siempre la incómoda, la que parece que se cae con cada frenazo, … vuelta a la calle y al frío, las escaleras que no se acaban, et voilà ! llegar tarde a clase y ver alguna que otra cara que se lo recuerdan de mejor o peor gana… total, que con todo eso la mitad de los días llega a despertarse en ese momento.
Otros días, el proceso es más lento y puede ocurrir en cualquier subida del volumen de la explicación o en cualquier pregunta de quien se sienta al lado, o en una mirada prolongada por la ventana que termina en la pregunta ¿Qué hago yo aquí dentro? (encore…)
Y sin embargo, aquella mañana todo había sido distinto. Cuando se dio cuenta de lo que ocurría, no le dio importancia y no supo si es que, extrañamente, había estado despierta -despierta- desde que abrió los ojos… o es que estaba tardando más que nunca en aterrizar en la realidad formada por gente despierta…
Quizá ahora ese detalle sigue siendo irrelevante. Lo cierto es que, despierta o no, notaba un gran peso, que ni siquiera le caía encima, sino que habría jurado que era algo que le pesaba por dentro. Miraba las mismas caras que cada mañana de una forma distinta, así que incluso veía cosas distintas, gente diferente haciendo cosas que otras mañanas no ocurrían.
Algunas le hacían notar mucho más cuánto pesaba y cuánto le costaba moverse y tener ganas de ir hacia alguna parte y encontrarle un sentido interesante a cada una de las pequeñas tareas del día.
Aunque también es verdad que el sonido envolvente del arpa esperando el vagón… y el libro que comenzaba la transportaron muy fácilmente a ese universo propio en el que casi siempre se sentía cómoda y tranquila.
Tanto si estaba dormida como si todo ese tiempo lo pasó despierta, siguió notando el peso que la atrapaba desde dentro, que la atraía hacia algún lugar, hacia algo.
Se sentía en ese deambular un poco nublando de los días de resaca, de los días que siguen a alguna que otra noche sin dormir y que una nunca termina de descubrir si se arregla durmiendo todo el tiempo posible -de día o de noche- o si lo mejor es la espera, dejar que el ritmo de la normalidad sea más fuerte que el peso que te atrapa y todo vuelva a su lugar.
El caso es que sin saber si ya se había despertado o no, sintió el peso de la felicidad que acaba de pasar, que acaba de invadir todo tu mundo sin preguntarte si podía irse… y se acordó de la pregunta de alguien que resonó en su cabeza muchas veces hace ya muchos años…
¿la felicidad tiene un precio que siempre se paga?
Ahora dudaba si esta resaca total ne era más que la forma de ese pago inevitable.
O si sencillamente seguía profundamente dormida con los ojos abiertos.
Y no, no he tenido nunca ganas de desaparecer, de esfumarme para siempre. Ni mucho menos. Al menos no conscientemente. Quizá a través de otras cosas, de otras imágenes, de otras (in)acciones.
Aunque sí es cierto que he querido desaparecer y que pasara el tiempo, que pasara lo negro, que se fuera ese hombre que había venido a sentarse a mi lado, o en el salón de casa, donde me lo encontraba cada vez que venía de la calle… o quien incluso un día parecía haberse animado a acompañarme en mis rutinas, en mis paseos, en las mil tareas que cada día parecían ser más, y aún más pesadas… hasta que -viéndolo por todas partes- decidí quedarme a acompañarle en el salón siempre que pudiese… Cansada como estaba de verlo por todas partes, cansada como estaba por la tarea de buscar por los rincones las ganas de moverme, de avanzar o de seguir perdiéndome, las ganas de bailar sin canción de fondo, las ganas de seguir escribiendo sin argumento preciso ni historia concreta, ni final esbozado…
Era tan terrible volver a encontrarlo caminando como una sombra, medio metro detrás de una, incluso un día gris gris, húmedo, sin sol, sin más sombra que él (y esa impresión de que no hay nadie más en toda la calle, en toda la ciudad que sufra la compañía de ese hombre-sombra tan y tan pesado…)
Es tan terrible levantar la mirada del libro que (al fin, sí, ¡eso sí!) te atrapa y te agarra por dentro durante un ratito al día, durante las 24 horas del día menos indicado (para el resto, por el contexto, por las “obligaciones” que quedan por resolver) … es tan terrible levantar la mirada, libro en mano, sentada en el metro, y verlo allí, tras la gente amontonada -tan gris, tan temprano, tan juntos sin rozarse. Es tan terrible que entre los pocos huecos que deja el metro entre la gente que se despierta sin rozarse pero tan cerca; una mire, y… un tipo que lee un libro, como tú que acabas de distraerte y te llama la atención, y mientras tratas de descifrar el título escrito en la tapa… el tipo levanta la vista y te recorre el escalofrío, el mismo escalofrío que cada vez que lo ves, como si fuera de nuevo la primera vez que lo sentiste.
- “Mierda, está ahí otra vez, ¿cuándo piensa irse?”
Y poco a poco te das cuenta de que el escalofrío es más intenso, más largo, más desagradable cuanto más lejos de casa te encuentras y cuanto mayor era la sonrisa justo en el instante previo al escalofrío.
Quizá porque de pronto comprendes tu estrategia: tratar de ir más y más lejos cada vez, tratar de correr un poco, otro poco, cada vez más rápido, a ver si el tipo se cansa y se queda atrás, a ver si se despista en alguno de los giros imprevistos (incluso para ti misma) hacia izquierda o derecha, escaleras arriba o rampa abajo, siempre sin rumbo fijo.
Y la sonrisa. Para que al menos si te persigue de forma tan eficiente como siempre y no te pierde (o puede que lo haga, pero sólo durante el tiempo que duran dos calles cuesta arriba), que al menos se le contagie una sonrisa, o que incluso se le escape una carcajada, y entonces tú puedas reírte a su lado y que su carcajada se haga más fuerte y acabéis por reír juntos durante media hora y la gente que pase os mire y hasta se rían…
Pero no.
Siempre está ahí y siempre está serio. O ni siquiera. Lo desborda una expresión asquerosamente gris, insoportablemente neutra que le congela a una la sonrisa, la vuelve amarga…
Supongo que es así como una decide, poco a poco, inconscientemente, de hecho una no decide en absoluto, sino que se encuentra acompañándolo cada vez con más frecuencia, cada vez durante más tiempo, en el salón de casa.
Sin saberlo, una ha decidido que no quiere escalofríos más profundos. Una se rinde a los escalofríos de sofá, cercanos y que no congelan ninguna sonrisa porque apenas quedan sonrisas que congelar.
Y es quizá en alguna de esas escenas de salón en la que una imagina que sería hasta lindo desaparecer, pasar 50 páginas en un solo gesto -tan sencillo, ¡tanto!- y aterrizar días después, meses después, o años si hace falta -eso es lo de menos-, pero aterrizar en un lugar y en un momento en que el tipo que vino a hacer una visita y se instaló en el salón -primero- y en mi vida -tan rápido- ya no esté.
[el tipo de visita lo descubrí en Retrato de un hombre inmaduro, de Luis Landero, aunque digamos que alguna vez se presentó en mi casa, creo]